Relatos

El ciego

MAUPASSANT, Guy de.- El ciego


Traducción de ESPERANZA COBOS CASTRO. © Derechos reservados


Incluido en  http://www.relatosfranceses.com  el 15 diciembre 2005


            ¿Qué es pues la alegría del primer sol? ¿Por qué esta luz caída sobre la tierra llena así de la felicidad de vivir? El cielo está completamente azul, el campo completamente verde, las casas completamente blancas; y nuestros ojos, maravillados, beben todos aquellos vivos colores que producen felicidad a nuestras almas. Y nos dan ganas de bailar, ganas de correr, ganas de cantar, infunde una feliz agilidad al pensamiento, una especie de ternura dilatada y nos gustaría abrazar el sol.

            Los ciegos, sentados ante las puertas, impasibles en su eterna oscuridad, permanecen habitualmente tranquilos en medio de esa naciente alegría, y, sin comprender gran cosa, apaciguan a cada minuto a su perro que quisiera brincar. Cuando, una vez concluido el día, regresan del brazo de algún hermano pequeño o de alguna hermana pequeña, si el chiquillo comenta: «¡Hoy ha hecho un día muy bueno!», el otro responde: « Sí, me he dado cuenta de que hacía buen tiempo porque Loulou no quería permanecer quieto.»

              Conocí a uno de esos hombres cuya vida fue uno de los más crueles martirios que se puedan imaginar. Era un campesino, hijo de un agricultor normando. Mientras el padre y la madre vivieron, cuidaron más o menos de él; no sufrió sino por su horrible minusvalía; pero tan pronto como los padres se marcharon, una existencia atroz comenzó para él. Fue recogido por una hermana como un mendigo que se come el pan de los demás. A cada comida le reprochaban lo que se comía; lo llamaban haragán, patán; y aunque el cuñado se había apropiado de su parte de la herencia, le daban a regañadientes un plato de sopa, justo lo imprescindible para que no se muriera.

            Tenía un rostro muy pálido, y dos grandes ojos blancos como obleas; permanecía siempre impasible ante las injurias, tan encerrado en sí mismo que no podría afirmarse si las sentía. Además, no había conocido ningún tipo de ternura, pues su madre, que no lo quería, siempre lo había maltratado un poco; es sabido que, en el campo, los inútiles son siempre engorrosos, y los campesinos actuarían de buena gana como hacen las gallinas, que matan a las que inválidas. En cuanto terminaba de comer, iba a sentarse ante de la puerta en verano o junto a la chimenea en invierno, de donde no se movía hasta la noche. ¿Tenía una idea, una noción, una conciencia clara de su vida? Nadie se lo cuestionaba.

            Las cosas transcurrieron así durante algunos años. Pero su incapacidad para hacer algo útil, junto a su impasibilidad, terminó por exasperar a sus parientes, que lo convirtieron en un hazmerreír, en una especie de bufón-mártir, de presa ofrecida a la ferocidad instintiva, a la alegría salvaje de los brutos que lo rodeaban. Imaginaron todas las bromas crueles que su ceguera pudo inspirar. Y para cobrarle lo que consumía, sus comidas se convirtieron en momentos de diversión para los vecinos, y de suplicio para el minusválido. Los campesinos de las casas cercanas asistían al cruel espectáculo, se lo comunicaban de puerta en puerta, y la cocina se llenaba cada día. A veces colocaban sobre la mesa, delante del plato en el que él empezaba a tomar el caldo, un gato o un perro. El animal parecía adivinar instintivamente la minusvalía del hombre, y se acercaba con sigilo, comía sin hacer ruido, lengüeteando con delicadeza; pero cuando un chasquido de la lengua algo más ruidoso despertaba la atención del pobre diablo, el animal se retiraba sensatamente para evitar el cucharetazo que aquél lanzaba al aire delante de él. Entonces se producían las risas, los empujones, los pateos de los espectadores amontonados a lo largo de las paredes. Y él, sin decir ni palabra, volvía a comer con la mano derecha mientras que, con la izquierda, protegía y defendía su plato. En otras ocasiones le hacían masticar corchos, maderas, hojas, e incluso porquerías, que él no podía distinguir.

            Luego se cansaron de las bromas; y el cuñado, rabioso por tener que alimentarlo, lo golpeó, lo abofeteó sin cesar, riéndose de los esfuerzos inútiles que el ciego realizaba para parar los golpes o para devolverlos. Entonces surgió un nuevo juego: el de las bofetadas. Y los mozos de labranza, el peón, o las criadas le lanzaban constantemente la mano a la cara, lo que imprimía a sus párpados un movimiento nervioso. No sabía dónde refugiarse y permanecía siempre con los brazos extendidos para evitar que se le acercaran.

            Por fin, lo obligaron a mendigar. Lo colocaban en los caminos los días de mercado, y tan pronto como escuchaba un ruido de pasos o el rodar de un carro, tendía su sombrero murmurando: «La caridad, por favor.» Pero es sabido que los campesinos no son dadivosos y, durante semanas enteras, no recogió ni un céntimo. Entonces se desencadenó contra él un odio despiadado. Así fue como murió:

            Un invierno la tierra estaba cubierta de nieve y helaba horriblemente. Y sucedió que, una mañana, su cuñado lo condujo muy lejos obligándolo a pedir limosna. Lo dejó allí a lo largo de todo el día y cuando llegó la noche, afirmó ante su gente que no lo había encontrado. Luego añadió: «¡Bah! No hay que preocuparse por él, alguien se lo habrá llevado porque tendría frío. ¡Pardiez! No está perdido. Seguro que mañana regresa para tomar su sopa.»

            Al día siguiente, no regresó.Tras largas horas de espera, aterido y sintiéndose morir, el ciego se había puesto a caminar. Como no podía reconocer el sendero sepultado bajo la espuma de hielo, había errado al azar, cayendo en las zanjas y levantándose, siempre mudo, buscando un refugio. Pero el entumecimiento producido por la nieve se había ido adueñando poco a poco de él, y, cuando sus débiles piernas no pudieron sostenerlo más, se sentó en medio de una llanura. No volvió a levantarse jamás. Los blancos copos que continuaron cayendo lo cubrieron. Su cuerpo rígido desapareció bajo la incesante acumulación de nieve; y nada indicaba ya el lugar en el que el cadáver se hallaba tendido. Sus parientes fingieron indagar y buscarlo durante ocho días. Incluso lloraron.

            El invierno había sido rudo y el deshielo tardó en llegar. Pero un domingo, al ir a misa, los campesinos observaron una gran bandada de cuervos que revoloteaban sin cesar sobre la llanura y se arrojaban en grupo, como una lluvia negra sobre el mismo punto, se marchaban y volvían de nuevo. A la semana siguiente, aún estaban allí aquellos pájaros sombríos. En el cielo se veía una nube de cuervos, como si hubieran llegado de todos los puntos del horizonte, que se dejaban caer con intensos graznidos sobre la nieve resplandeciente, que ensuciaban y removían con obstinación. Un muchacho se acercó a ver lo que hacían, y descubrió el cuerpo del ciego, ya medio devorado, despedazado. Sus ojos pálidos habían desaparecido picoteados por aquellos largos picos voraces.

            Jamás pude disfrutar de la sutil alegría de los días de sol, sin tener un recuerdo triste, un pensamiento melancólico hacia aquel mendigo, tan desheredado en vida, que su horrible muerte fue una especie de alivio para quienes lo habían conocido.

 

FIN





    Este texto forma parte del libro titulado Guy de Maupassant, «El Salto del pastor y otros cuentos crueles». Introducción, traducción y notas de Esperanza Cobos Castro. Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2003, 236 págs. ISBN: 84-7801-689-9© Todos los derechos reservados.